miércoles, 7 de diciembre de 2016

PROTAGONISTAS, LOS NIÑOS

Nada tan cautivador como la imagen de un niño



La infinita espontaneidad de los niños, la gracia de sus gestos y la inocencia de su mirada nos atraen con una fuerza incomparable. La figura infantil es en consecuencia un género especialmente presente en mi pintura.








Una de mis copias de obras maestras favoritas es la que aparece aquí, un pequeño cuadrito que Mariano Fortuny pintó pocos meses antes de que la enfermedad acabara con su vida y de paso con una fulgurante carrera pictórica. A la vista de esa figura infantil, sólo cabe preguntarse hasta qué cotas de perfección habría llegado Fortuny si su vida no hubiera sido tan breve.



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Juntos buscaremos cómo hacer, de esa imagen infantil tan querida por ti, una obra de arte imperecedera.       
                                                 









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lunes, 19 de septiembre de 2016

VAN GOGH, MAYO Y LOS LIRIOS

El ocho de mayo de 1889, Vincent van Gogh ingresaba voluntariamente en el hospital psiquiátrico de Saint-Paul de Mausole, próximo a Saint-Rémy de Provence. A sus treinta y seis años van Gogh había asumido plenamente el "oficio de loco" y, ante la imposibilidad de seguir viviendo en la Casa Amarilla -ahora llamada "del loco"- a la vez que aterrado por la proximidad de los calores del verano, había suplicado a su querido hermano Theo ser internado en un manicomio.

Desde el mismo momento de su llegada van Gogh se sintió a gusto en su nuevo alojamiento. Escribe a Theo: "Quisiera decirte que creo haber hecho bien en venir aquí, primero porque al ver la <realidad> de la vida de los locos o chalados diversos en esta <ménagerie> pierdo el vago temor, el miedo de la cosa."  Sin embargo a lo largo del mes de mayo permanece en observación médica y no sale fuera del recinto hospitalario, pintando exclusivamente en el jardín del viejo convento agustino abandonado y ahora reconvertido en sanatorio psiquiátrico. Con fecha 25 de mayo, escribe de nuevo a su hermano: "Me veo obligado a pedirte algunos colores y, sobre todo, tela. Cuando te envíe las cuatro telas del jardín que tengo en preparación, comprenderás, teniendo en cuenta que me paso casi todo el tiempo en el jardín, que mi vida no es tan triste." 




Una de esas telas del jardín es el impactante "Irises" (lirios) cuya copia he llevado a cabo recientemente y que ilustra estas líneas. Un espectacular estudio de cómo explota la naturaleza en mayo, tejiendo una multiforme trama de hojas sobre las que descuellan enhiestos los lirios, en una sinfonía de azules y violetas contra el verde luminoso de la pradera salpicada de toques amarillos, rojos y anaranjados de una multitud de florecillas. Un "estudio" que, a pesar de denominarlo así, mereció no obstante la firma "Vincent" en el ángulo inferior derecho del cuadro, lo que demuestra que al propio autor le debió parecer suficientemente digno de tal mención. Desde luego, a quien le pareció magnífico nada más verlo fue a su hermano Theo. Ese mismo año lo presentó en el Salón de los Independientes de París, en el cual una vez más tampoco obtuvo éxito alguno.

Vincent van Gogh se quitó la vida al año siguiente, el 29 de julio de 1890, en medio de una crisis existencial marcada por el remordimiento de ser una carga para su hermano y la febril obsesión por pintar como medio de escape de su profundo desequilibrio. Theo le seguiría a la tumba seis meses después. La correspondencia mantenida entre los dos hermanos constituye un precioso legado literario desde el punto de vista formal y, en su sentido profundo, de amor fraterno.

El año siguiente a la muerte de van Gogh el escritor y crítico de arte Octave Mirbeau adquirió "Irises" por trescientos francos. Cien años después, en febrero de 1990, un coleccionista suizo ofreció sesenta millones de dólares por la obra. Su propietario, el Museo Paul Getty de Malibú (California) ni siquiera consideró la oferta.



sábado, 4 de junio de 2016

500 AÑOS DE EL BOSCO

El jardín de las Delicias, de El Bosco.jpgEnigmático, visionario, apocalíptico, transgresor... cuantos apelativos tratemos de aplicar a la figura de El Bosco se mostrarán insuficientes para calificar una de las obras más sorprendentes de la pintura universal y que, por lo mismo, despiertan mayor admiración e interés. El Bosco es alguien tan sumamente impactante que, a pesar de los cinco siglos transcurridos desde su muerte, sigue intrigándonos con su mundo onírico en el que hombres y mujeres, bestias y máquinas se disputan en abigarrado tropel la atención del perplejo espectador. Que todo en El Bosco destila misterio es ya un lugar común y que esa falta de información ha contribuido a agigantar su leyenda es algo evidente. Aún así, un breve paseo por la época que le tocó vivir al genial artista nos va a dar muchas de las claves necesarias para disfrutar al máximo de su pintura, así como una mejor comprensión de la misma.
Hyeronimus van Aken nació hacia 1450 en la localidad holandesa de Hertogenbosch, capital del Brabante septentrional, en el seno de una familia dedicada a lo largo de varias generaciones a la pintura, singularmente a la ilustración de libros con miniaturas, oficio que Hyeronimus aprendió junto a sus hermanos, el mayor de los cuales heredó el taller familiar. En esas miniaturas, muchas de ellas situadas en los márgenes de las páginas, los artistas disponían de un espacio de mayor libertad de expresión que en las escenas religiosas de gran formato y sumamente reverenciales que componían los encargos habituales de los distintos estamentos eclesiásticos. Basta con contemplar los ejemplares de libros miniados que han llegado hasta nosotros, así como el bestiario que exhiben las iglesias románicas en capiteles y gárgolas, para entender que no era preciso en el Medievo hallarse bajo los efectos de algún alucinógeno (como hoy se suele argumentar) a fin de plasmar figuras humanas en todo tipo de inusuales actitudes o crear seres fabulosos de sorprendente apariencia. La idea obsesiva del bien y el mal está detrás de toda esa iconografía y bastaba su explícita ubicación en el infierno del pecado para que el artista pudiese mostrar todo tipo de escenas inaceptables en cualquier otro contexto. Y El Bosco sin duda aprovechó al máximo esa coyuntura que se le ofrecía.
Ese concepto gremial de taller debió ser la razón por la que decidió cambiar su apellido van Aken por Bosch, en alusión a la ciudad en la que vivía y de la que nunca salió. A medida que fue ganando popularidad gracias a su maestría, la identificación de su obra frente a la de sus antepasados y hermanos debió ser para él una necesidad creciente. Su consumado dominio técnico y su creciente prestigio le permitió llevar a grandes trípticos, como el "Jardín de las Delicias" que ilustra estas líneas, las provocadoras estampas que otros sólo pudieron plasmar en miniaturas y trabajos de carácter auxiliar. Esa libertad retroalimentó más aún su desbordante imaginación, hasta el punto de crear un mundo único, en el que el gozo de la vida y la terrible experiencia de la muerte alcanzaban su colofón en idílicas imágenes paradisíacas y espantosas hogueras infernales, imborrables recuerdos del pavoroso incendio que en 1463 arrasó más de cuatro mil casas de la ciudad y que el joven Hyeronimus jamás olvidaría.   
Ahora que se cumplen quinientos años de su muerte el Museo Nacional del Prado acoge una exposición sin precedentes de la obra de El Bosco. Una ocasión propicia para sumergirnos de nuevo, con ánimo más propio de la curiosidad infantil que del análisis crítico, en el sorprendente imaginario de El Bosco, mientras pasamos una y otra vez nuestros ojos sobre sus cuadros con el afán de descubrir nuevos detalles a cual más provocador.