"Deux tournesols coupés", 130 años después
En 1887 Vincent van Gogh se halla instalado en París, dedicado al estudio de las últimas corrientes de la pintura y buscando frenéticamente nuevos motivos para su expresión artística. Sobrevive en buena medida gracias a su hermano Theo, que le acoge en su casa y le sirve de soporte vital.
La convivencia resulta terriblemente difícil debido a la inestabilidad emocional del artista, a pesar de lo cual Theo expresará al año siguiente el inmenso vacío experimentado tras la marcha a Arles de su hermano, del que dice textualmente: "no es fácil reemplazar a un hombre como Vincent. Posee unos conocimientos inmensos y una concepción clara del mundo. Estoy convencido de que, si le quedan todavía algunos años de vida, conseguirá hacerse un nombre".
En el verano de dicho año 1887, van Gogh incorpora nuevos objetos y aborda por primera vez la pintura de girasoles, que habrían de convertirse en el símbolo de su propia existencia: vegetal de brillante colorido, pero amenazado siempre con ser cortado y rápidamente secarse. Una obra especialmente significativa son estos "dos girasoles cortados". Un ejemplo clásico de combinación de dos colores complementarios, el azul y ese amarillo brillante que acabará siendo el color emblemático del genial artista.
He aquí mi versión de la obra, realizada cuando se cumplen 130 años de la original. El vibrante movimiento de las hojas, las nerviosas pero decididas pinceladas azules girando alrededor del tema y el contraste de dicho color con el amarillo me han enseñado una vez más, no ya cómo pintaba van Gogh, sino el grado de excitación al que le habían llevado de la mano tanto su desasosiego espiritual como la absenta.
Un cuadro inquietante como pocos y que expresa, mucho mejor que mis palabras, la lucha interior de su autor en todo su dramatismo.
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