viernes, 31 de marzo de 2017

Van Gogh y los girasoles

"Deux tournesols coupés", 130 años después



En 1887 Vincent van Gogh se halla instalado en París, dedicado al estudio de las últimas corrientes de la pintura y buscando frenéticamente nuevos motivos para su expresión artística. Sobrevive en buena medida gracias a su hermano Theo, que le acoge en su casa y le sirve de soporte vital. 

La convivencia resulta terriblemente difícil debido a la inestabilidad emocional del artista, a pesar de lo cual Theo expresará al año siguiente el inmenso vacío experimentado tras la marcha a Arles de su hermano, del que dice textualmente: "no es fácil reemplazar a un hombre como Vincent. Posee unos conocimientos inmensos y una concepción clara del mundo. Estoy convencido de que, si le quedan todavía algunos años de vida, conseguirá hacerse un nombre".

En el verano de dicho año 1887, van Gogh incorpora nuevos objetos y aborda por primera vez la pintura de girasoles, que habrían de convertirse en el símbolo de su propia existencia: vegetal de brillante colorido, pero amenazado siempre con ser cortado y rápidamente secarse. Una obra especialmente significativa son estos "dos girasoles cortados". Un ejemplo clásico de combinación de dos colores complementarios, el azul y ese amarillo brillante que acabará siendo el color emblemático del genial artista.



He aquí mi versión de la obra, realizada cuando se cumplen 130 años de la original. El vibrante movimiento de las hojas, las nerviosas pero decididas pinceladas azules girando alrededor del tema y el contraste de dicho color con el amarillo me han enseñado una vez más, no ya cómo pintaba van Gogh, sino el grado de excitación al que le habían llevado de la mano tanto su desasosiego espiritual como la absenta. 

Un cuadro inquietante como pocos y que expresa, mucho mejor que mis palabras, la lucha interior de su autor en todo su dramatismo.

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Sophia Loren 1961

Cuando el mito de la belleza italiana aterrizó en España

Hacía ya algunos años años desde que, a medidados de los años cincuenta y de la mano de Carlo Ponti, Sofía Villani Scicolone había desembarcado en Hollywood y se había convertido en Sophia Loren. Corría el año 1961, y por unos meses fue como si el corazón de los españoles no encontrara mejor argumento para seguir latiendo que la proximidad de la mujer bella por excelencia, una italiana que a sus veintiseis años había logrado desbancar a Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida como estrella principal en el firmamento cinematográfico italiano.

Tras el éxito extraordinario cosechado en 1960 por "Dos mujeres", película dirigida por Vittorio da Sica según un relato de Alberto Moravia, Sophia Loren revolucionó al año siguiente a la sociedad española de la época con motivo del rodaje de "El Cid", protagonizada por Charlton Heston y dirigida por Anthony Mann, en la que la actriz italiana encarnaba el papel de Jimena, esposa del héroe épico español.


A este año 1961 corresponde la imagen de la Loren que acompaña estas líneas, retrato que acabo de pintar y de cuyo hechizo aún no he logrado reponerme. Es cierto que sobre gustos no hay nada escrito, y puede que también este rostro encuentre sus detractores. Pero, por favor: miren esos ojos increíbles y esa boca irresistible... y luego díganme si entienden o no porqué el gentío se arremolinaba en la puerta del madrileño Hotel Plaza para contemplar, siquiera fuera por un instante, a la mujer cuya belleza deslumbrante había abandonado ya el ámbito de lo humano para alcanzar el grado de lo mitológico. Dichosos los que, como mi querido amigo Juan Herrera, tuvieron el inmenso privilegio de disfrutar de ese rostro en vivo y en directo. Él tampoco se ha repuesto, a pesar de los años transcurridos, de la impresión recibida ante tanta belleza.

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