Se encienden los faroles -esos viejos faroles decimonónicos que nuestros tatarabuelos nos dejaron como reliquias de su época- y la oscuridad del urbano casco histórico salta hecha añicos rutilantes, resplandecientes, que caen hasta un suelo ávido de luz. Y el viejo farol vuelve una vez más a ser mudo testigo de la fugaz confidencia, de un beso robado, de los ecos de una canción.
