sábado, 4 de junio de 2016

500 AÑOS DE EL BOSCO

El jardín de las Delicias, de El Bosco.jpgEnigmático, visionario, apocalíptico, transgresor... cuantos apelativos tratemos de aplicar a la figura de El Bosco se mostrarán insuficientes para calificar una de las obras más sorprendentes de la pintura universal y que, por lo mismo, despiertan mayor admiración e interés. El Bosco es alguien tan sumamente impactante que, a pesar de los cinco siglos transcurridos desde su muerte, sigue intrigándonos con su mundo onírico en el que hombres y mujeres, bestias y máquinas se disputan en abigarrado tropel la atención del perplejo espectador. Que todo en El Bosco destila misterio es ya un lugar común y que esa falta de información ha contribuido a agigantar su leyenda es algo evidente. Aún así, un breve paseo por la época que le tocó vivir al genial artista nos va a dar muchas de las claves necesarias para disfrutar al máximo de su pintura, así como una mejor comprensión de la misma.
Hyeronimus van Aken nació hacia 1450 en la localidad holandesa de Hertogenbosch, capital del Brabante septentrional, en el seno de una familia dedicada a lo largo de varias generaciones a la pintura, singularmente a la ilustración de libros con miniaturas, oficio que Hyeronimus aprendió junto a sus hermanos, el mayor de los cuales heredó el taller familiar. En esas miniaturas, muchas de ellas situadas en los márgenes de las páginas, los artistas disponían de un espacio de mayor libertad de expresión que en las escenas religiosas de gran formato y sumamente reverenciales que componían los encargos habituales de los distintos estamentos eclesiásticos. Basta con contemplar los ejemplares de libros miniados que han llegado hasta nosotros, así como el bestiario que exhiben las iglesias románicas en capiteles y gárgolas, para entender que no era preciso en el Medievo hallarse bajo los efectos de algún alucinógeno (como hoy se suele argumentar) a fin de plasmar figuras humanas en todo tipo de inusuales actitudes o crear seres fabulosos de sorprendente apariencia. La idea obsesiva del bien y el mal está detrás de toda esa iconografía y bastaba su explícita ubicación en el infierno del pecado para que el artista pudiese mostrar todo tipo de escenas inaceptables en cualquier otro contexto. Y El Bosco sin duda aprovechó al máximo esa coyuntura que se le ofrecía.
Ese concepto gremial de taller debió ser la razón por la que decidió cambiar su apellido van Aken por Bosch, en alusión a la ciudad en la que vivía y de la que nunca salió. A medida que fue ganando popularidad gracias a su maestría, la identificación de su obra frente a la de sus antepasados y hermanos debió ser para él una necesidad creciente. Su consumado dominio técnico y su creciente prestigio le permitió llevar a grandes trípticos, como el "Jardín de las Delicias" que ilustra estas líneas, las provocadoras estampas que otros sólo pudieron plasmar en miniaturas y trabajos de carácter auxiliar. Esa libertad retroalimentó más aún su desbordante imaginación, hasta el punto de crear un mundo único, en el que el gozo de la vida y la terrible experiencia de la muerte alcanzaban su colofón en idílicas imágenes paradisíacas y espantosas hogueras infernales, imborrables recuerdos del pavoroso incendio que en 1463 arrasó más de cuatro mil casas de la ciudad y que el joven Hyeronimus jamás olvidaría.   
Ahora que se cumplen quinientos años de su muerte el Museo Nacional del Prado acoge una exposición sin precedentes de la obra de El Bosco. Una ocasión propicia para sumergirnos de nuevo, con ánimo más propio de la curiosidad infantil que del análisis crítico, en el sorprendente imaginario de El Bosco, mientras pasamos una y otra vez nuestros ojos sobre sus cuadros con el afán de descubrir nuevos detalles a cual más provocador.