He disfrutado muchísimo mientras contemplaba cómo iban adquiriendo forma esos seres fascinantes, a medida que surgían de mis pinceles. A través de su plumaje multicolor, de sus ojillos encendidos, de sus picos multiformes y especializados, he llegado a entender la esencia de todo pájaro: notas musicales que revolotean por el aire pintadas de vivos colores. Música, color, vuelo... ¿Acaso no son así nuestros sueños, nuestras ilusiones? Sueños e ilusiones que constituyen el alimento de la felicidad humana. Visto de esta manera, nada mejor que las aves para adornar una sala nupcial, simbolizando con ellas los anhelos de felicidad de unos recién casados. Invitación a volar alto, a elevarse sobre las cotidianas banalidades, exhortación evangélica a "mirar las aves del cielo, que ni siembran ni cosechan ni guardan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta." 

Cuando de niño me dijeron en alguna ocasión aquello de que "este chico tiene muchos pájaros en la cabeza", nunca imaginé que el reproche podría convertirse algún día en una suerte de receta para la felicidad. Echando la vista atrás, debo reconocer que es la ilusión por multitud de pequeñas cosas lo que constituye el motor de nuestras vidas y que, cuando los sueños se convierten en realidad, ésta última se encarga de descubrirnos al instante los inconvenientes prácticos de aquello con lo que tanto habíamos soñado.
Así pues, queridos novios, deseándoos toda la dicha del mundo para vuestro matrimonio, no encuentro nada mejor que recomendaros con toda el alma que, pase lo que pase, digan lo que digan y pese a quien pese, jamás dejéis de tener muchos pájaros en la cabeza.




